En su ensayo Salamanca, capital del conocimiento (2024), el filósofo Pedro Insua propone una sugerente y combativa relectura de la historia académica española. Siguiendo la estela del materialismo filosófico de Gustavo Bueno (España frente a Europa, 1999), Insua sostiene que la Universidad de Salamanca tras la Reforma funcionó como una suerte de “Silicon Valley” de la Edad Moderna, siendo el epicentro donde se gestó la modernidad científica, jurídica y política.
Es una tesis atractiva para quienes buscan sacudirse los complejos de la “Leyenda Negra”. Sin embargo, analizada a la luz de la historiografía de la ciencia y el realismo político, la analogía resulta insostenible. Al igualar el aparato burocrático de la escolástica salmantina con la vanguardia científica global, Insua incurre en un profundo anacronismo y confunde la justificación legal de un Imperio con el desarrollo libre del saber. A continuación, desarmamos el mito de la Salamanca hipermoderna a través de los datos y las voces de quienes mejor han estudiado este periodo.
1. El veredicto de la historia: El colapso y la fosilización académica
La tesis de Insua adolece de un problema de temporalidad insalvable. Un auténtico motor de innovación —un “Silicon Valley”— deja tras de sí un tejido científico duradero y en constante evolución. Salamanca, por el contrario, se convirtió rápidamente en un fósil.
Como bien demostró el célebre historiador de la ciencia José María López Piñero en sus estudios fundamentales sobre la decadencia científica del país (Ciencia y técnica en la sociedad española de los siglos XVI y XVII, 1979), el aislamiento institucional impulsado por la Corona (como la Pragmática de Felipe II de 1559 que prohibía estudiar en el extranjero) secó por completo los canales de intercambio con Europa [huespedes.cicese.mx].
Mientras las universidades del norte —como Leiden, Cambridge o la Academia de Ciencias de París— se convertían en hervideros de la Revolución Industrial y la Ilustración, Salamanca permaneció estancada. El pensador ilustrado Gregorio Mayáns y Siscar ya denunciaba en el siglo XVIII (Cartas eruditas y críticas, 1765) el lamentable estado de abandono científico de las aulas salmantinas, atrapadas en polvorientos silogismos medievales mientras el resto de Europa ya aplicaba la física de Isaac Newton (Philosophiae Naturalis Principia Mathematica, 1687).
2. El anacronismo tomista: Distinguir no es separar
Para sostener que en Salamanca se liberaron los mecanismos de la mente, Insua recurre a una pirueta teórica: afirma que Santo Tomás de Aquino (Summa Theologiae, 1274) fue un precursor de la modernidad al “separar” la razón de la fe, bajo la premisa de que “creer no es condición obligatoria para entender”.
Esta lectura incurre en un grave anacronismo filosófico que desvirtúa por completo el pensamiento del Aquinate. Como demostró el reputado historiador de la filosofía medieval Étienne Gilson en su obra cumbre (El tomismo: introducción a la filosofía de Santo Tomás de Aquino, 1919), el teólogo medieval jamás separó la razón de la fe; formalmente las distinguió para poder armonizarlas.
Para el Aquinate, la verdad es única y su origen es estrictamente divino. La razón humana tiene, en efecto, mecanismos naturales para comprender el mundo físico (los Preámbulos de la Fe), pero esa autonomía es procedimental, nunca existencial ni última. Tomás de Aquino defendía que la razón está constitutivamente incompleta sin la revelación de la fe, pues el fin último del hombre es sobrenatural y escapa a la pura lógica humana. Su máxima era clara: la gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona.
Insua intenta moldear a un Santo Tomás “secularizado” o protopositivista para justificar el presunto éxito científico de Salamanca. Sin embargo, la historia desmiente esta instrumentalización. Al contrario de lo que Insua sugiere, la universidad salmantina de la Contrarreforma no utilizó la distinción tomista para dar libertad a la ciencia empírica. Lo que hizo fue utilizar la rigidez del método escolástico (la disputatio) para blindar el dogma.
Como señala el epistemólogo francés Alexandre Koyré en sus indispensables análisis sobre la Revolución Científica (Estudios galileanos, 1939), la modernidad no nació de perfeccionar la lógica de biblioteca, sino de destruirla. La ciencia moderna requería el método hipotético-deductivo; requería observar la naturaleza, experimentar, medir y matematizar el universo de la mano de Francis Bacon (Novum Organum, 1620) o René Descartes (Discurso del método, 1637). Al equiparar la agilidad lógica para defender una tesis teológica con la vanguardia técnica e innovadora, Insua confunde la maestría en la retórica con el nacimiento del método empírico moderno.
3. La legitimación del Imperio frente a la ciencia real
Uno de los puntos donde la analogía con “Silicon Valley” se desmorona por completo es en la naturaleza de su producción intelectual. Insua sobreestima los debates jurídicos de la universidad como si fuesen hitos de modernidad social desinteresada.
Sin embargo, historiadores críticos señalan que los famosos debates sobre los títulos de posesión americana (las relecciones sobre la “guerra justa” de Francisco de Vitoria, De Indis, 1539) tenían una función estrictamente geopolítica. No se trataba de una vanguardia humanista, sino de proveer a la Corona española de argumentos sofisticados para justificar legalmente la conquista, el sometimiento de los indígenas y la explotación de recursos frente al control político del Papa y las reclamaciones de potencias extranjeras.
Como bien aclara el historiador británico John Elliott en su clásico texto sobre el impacto de la colonización (El Viejo Mundo y el Nuevo, 1492-1650, 1970), el saber náutico y cartográfico vinculado a estos centros tampoco formaba parte de una república de la ciencia abierta, sino que constituía tecnología militar y administrativa secreta bajo el estricto control del Estado. En el momento en que el Imperio entró en bancarrota en el siglo XVII y el Trono recortó los fondos, ese andamiaje técnico se derrumbó sin dejar una base social y civil independiente que lo mantuviera vivo.
4. La asfixia de la censura y el miedo institucional
Para sostener su tesis, la corriente historiográfica a la que pertenece Insua tiende a relativizar el impacto del tribunal del Santo Oficio en las aulas salmantinas.
La realidad documental ofrece una panorámica radicalmente opuesta. El célebre hispanista Henry Kamen, en su obra de referencia (La Inquisición española: una revisión histórica, 1997), detalla el clima de sospecha, delación y autocensura que se apoderó de las universidades del sur católico tras el estallido de la Reforma Protestante.
El talento y la vanguardia conceptual no prosperan bajo el miedo institucional. El proceso eclesiástico y encarcelamiento de Fray Luis de León (catedrático de Salamanca encerrado casi cinco años en calabozos por traducir el Cantar de los Cantares sin permiso legal), o las persecuciones contra el humanista Francisco Sánchez de las Brozas (“El Brocense”) por sus comentarios filológicos (Minerva sive de causis linguae Latinae, 1587), demuestran que el aparato de la Contrarreforma castigaba con dureza el pensamiento divergente. Un ecosistema donde tus propios compañeros de claustro podían denunciarte por leer literatura prohibida es la antítesis de cualquier centro de vanguardia.
n el caso específico de El Brocense, su persecución no fue solo un ataque a la teología heterodoxa, sino una declaración de guerra contra su metodología intelectual: la defensa radical de la razón (ratio) por encima de la tradición o la costumbre (usus). Para El Brocense, el lenguaje y el conocimiento humano no debían gobernarse por la fe ciega o por la repetición autómata de los dogmas del pasado, sino por estructuras lógicas y científicas universales. Su máxima “No admito ninguna autoridad si no me da una razón de lo que dice” constituía un manifiesto de resistencia epistemológica que la mentalidad inquisitorial no podía tolerar. Al despojar a los textos bíblicos de su blindaje místico para analizarlos con el frío bisturí de la filología y la lógica racional, Sánchez de las Brozas subvirtió el orden jerárquico de la época. Desafortunadamente, en una Salamanca fracturada por las envidias profesionales y el integrismo, postular que la verdad nacía de la lucidez del intelecto y no del sometimiento institucional convirtió su vanguardia teórica en un boleto directo al arresto y al ostracismo.
Frente a esta cruda realidad documental, Insua ensaya en su obra una pirueta conceptual propia del realismo político de cuño buenista. Para el filósofo, los procesos del Santo Oficio contra mentes de la talla de El Brocense no representan el triunfo del oscurantismo, sino la inevitable fricción de un ecosistema intelectual de altísima intensidad. Bajo su óptica, la Inquisición opera meramente como una burocracia de control estatal —un regulador de patentes ideológicas— y las delaciones entre profesores se reinterpretan como síntomas de una feroz competitividad académica por la hegemonía del saber. Sin embargo, esta lectura relativista confunde deliberadamente las dinámicas de una purga interna con los mecanismos de la libertad de investigación. Justificar el martirio institucional de la razón alegando que “el debate era vigoroso” es ignorar que el desenlace de dicha efervescencia no fue la consolidación de la ciencia moderna, sino el exilio, el arresto domiciliario y la parálisis definitiva de las aulas salmantinas.
Epílogo: El hilo conductor hasta el presente
Lo más preocupante de la tesis de Insua no es solo su distorsión del pasado, sino la alarmante vigencia del mal que describe sin querer. La universidad en España, lejos de haberse desprendido de aquel lastre barroco, arrastra hasta nuestros días los mismos vicios estructurales: el servilismo hacia los intereses del poder, la endogamia y el uso de la burocracia para inflar de manera artificial el rendimiento académico. La cosa, lamentablemente, no ha cambiado mucho.
La ironía histórica es absoluta y se cierra sobre la propia institución que Insua idolatra. El escándalo contemporáneo que mejor ejemplifica esta devaluación estructural lo protagoniza el actual rector de la mismísima Universidad de Salamanca, el científico computacional Juan Manuel Corchado.
Corchado se ha convertido en el centro de un bochorno internacional tras desvelarse una trama masiva de fraude y malas prácticas en los indicadores de impacto científico. Editoriales de prestigio mundial como Springer Nature se han visto obligadas a retractar decenas de artículos científicos vinculados a su grupo de investigación por contener redes coordinadas de autocitas masivas y manipulación en la revisión por pares. La institución ha operado literalmente como una “máquina de multiplicar citas” artificiales para engrosar el currículum de su dirigente y simular una relevancia internacional ficticia.
Aquel catedrático medieval de Salamanca que retorcía los textos para complacer al Consejo de Castilla ha sido sustituido en el siglo XXI por el tecnócrata que manipula algoritmos y métricas digitales para perpetuarse en el poder institucional. Salamanca no fue el “Silicon Valley” del siglo XVI; sigue siendo, por desgracia, el molde original de una universidad cortesana que prefiere blindar los privilegios de sus élites antes que someterse a la honestidad del verdadero conocimiento experimental.
